Entre el anciano arzobispo y su coadjutor dominicano monseñor Beras Rojas había muchas contradicciones. Pittini Piusi las hace notar en un escrito en que señala entre sus peores disgustos “los ocasionados por un grupo de eclesiásticos quienes ardían por acreditar méritos ante el régimen de Trujillo y encontraron en el juego de la delación y la invención una posible recompensa”. Por falta de caridad cristiana o por el apego de la iglesia católica a las posiciones y al poder, la coadjutoría le ha hecho mal al Episcopado dominicano en los últimos dos siglos cuando un par de notables arzobispos de Santo Domingo bregaron con sus coadjutores y dejaron a la grey confusa.
El caso reciente de la renuncia de monseñor Francisco Ozoria Acosta y su reemplazo por el anterior obispo de La Vega, Carlos Tomás Morel Diplán, recuerda la pugna que vivieron monseñor Ricardo Pittini Piusi, sacerdote italiano y salesiano, con su coadjutor, el dominicano Octavio Antonio Beras Rojas.


Beras Rojas sustituyó a Pittini Piusi a su muerte el 10 de diciembre de 1961, cuando no existía la norma de que los obispos se retiraban de sus funciones a los 75 años. El arzobispo italiano había sido entronizado en 1935. Con la asunción de Beras Rojas, un sacerdote campesino de El Seibo, terminó la época en que los arzobispos solían ser extranjeros como el caso de Pittini Piusi.
Durante una entrevista que me concedió monseñor Beras Rojas en compañía del fotógrafo Alfredo Vásquez nos contó, al parecer fuera de récord, que una vez monseñor Pittini Iusi le remitió una carta para el traslado de un sacerdote. Dijo que como el arzobispo no veía, le estrujó la carta para que oyera el ruido. En otro momento de la conversación, se quejó de sus críticos dentro de la iglesia y aseguró que algunos no hubiesen sido obispos sin su ayuda.

Monseñor Beras abandonó la catedral cuando estalló la revolución constitucionalista y el Vaticano respondió designando a monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, a la sazón obispo de Santiago, con el cargo de Administrador Apostólico Sede Plena de la Arquidiócesis de Santo Domingo, en diciembre de 1965. El arzobispo Beras Rojas, aferrado al puesto, encontró en la elección del doctor Joaquín Balaguer, en julio de 1966, su tabla de salvación.


Balaguer comisionó al viejo embajador de carrera de la Cancillería Tulio Franco, jefe de misión en el Vaticano, para que hiciera las diligencias necesarias a fin de que monseñor Beras fuera restituido en su solio capitaleño. El 24 de mayo de 1976, el papa Pablo VI nombró a Beras Rojas cardenal, convirtiéndose en el primer “príncipe de la iglesia” de nacionalidad dominicana en ostentar esa distinción.
Monseñor Pittini Piusi era un reaccionario completo: Acolitó hasta su muerte las políticas del generalísimo Trujillo, como la dominicanización de la frontera y la fundación del Faro a Colón. En un discurso que pronunció en la frontera dijo: “por primera vez en la historia de esta frontera se respira aquí un ambiente exclusivamente dominicano, el cual se trasluce en la fisonomía de los habitantes, resuena en la dulzura de la lengua y palpita en el goce de sentirnos todos miembros de una misma familia”.

Cuando el pasado domingo 11, el arzobispo Ozoria Acosta se despidió de los feligreses en la catedral Primada de América, sin mencionar el nombre del Papa León XIV, dijo que automáticamente el arzobispo coadjutor Morel Diplán asumiría la sucesión, pero no era así. Poco antes de internarse en la clínica Gimelli, de Roma, donde los médicos le encontraron un tumor canceroso de pulmón, el pontífice reemplazó al arzobispo y nombró sucesor.

Monseñor Ozoria dimitió del Arzobispado cuando estaba a punto de cumplir los 75 años reglamentarios. Pero había más. Poco después de su dimisión que tomó de sorpresa al mundo católico dominicano, el papa León XIV lo recibió en privado y lo amonestó por lo que más tarde se diría que fue relevado, por la mala administración que tuvo.
En el momento en que Ozoria Acosta fue nombrado por el Papa Francisco, de la terna que le fue sometida, la designación fue agridulce para la sociedad dominicana católica que quizás no vería con buenos ojos la asunción de un cura negro en la catedral Primada. Sus defensores sabían, que el prelado había defendido a los obreros de la caña, a los haitianos y a los pobres en sentido general mientras se desempeñaba en la diócesis de San Pedro de Macorís.
Decían los detractores incluso en las cercanías catedralicias que el nuevo arzobispo no era tan ilustrado, no leía tan bien sus homilías y que declinó los atributos del cargo, notoriamente el de capellán general, una concesión derivada del Concordato suscrito con El Vaticano y, posiblemente, la opulencia del palacio arzobispal que heredó de su antecesor el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, ahora en muy mal estado de salud y vedado de firmar documentos oficiales en los cuales estampa sus huellas digitales.

Al puesto de arzobispo de Santo Domingo aspiraba el obispo de Baní monseñor Víctor Masalles, un español que tras renunciar al obispado de Baní en el cual fue nombrado en 2016, aspiraba a dirigir el arzobispado de Santo Domingo o un puesto en el arzobispado de Barcelona, su lugar de nacimiento en 1961.

